Entrevista a Mauricio Redolés

Dice que el humorismo es lo único que nos puede salvar de los momentos de irracionalidad, convicción que este chileno pone en práctica en cada uno de sus trabajos como poeta rockero o ambas profesiones por separado. Esta entrevista es un repaso por sus poemas y canciones marcados por su propia historia de prisión, exilio en Inglaterra y vuelta a Chile. Sus canciones poemas como “Bello barrio”, “¿Quién mató a Gaete?” y “En Shile” han pasado a ser leyenda nacional.

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Entrevista a Alejandro Jodorowsky

LA ACCIÓN POÉTICA DE ENRIQUE LIHN

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Pablo Poblete

A Rolland Husson y Andrea Lihn

Esta entrevista tuvo lugar en la ciudad de Santiago de Chile en agosto de 1987 pocos meses antes de la muerte del poeta. Quería llevarme a París (ciudad donde resido desde 1979) un recuerdo vivo, personal e íntimo de quien considero mi primer maestro en poesía. Conocí a Lihn en 1974 (poco después del golpe) pues había ganado, junto a otros seis escritores, un concurso para participar en su taller literario, dictado en la Casa Central de la Universidad Católica, del que guardo un sentido recuerdo de mis compañeros de entonces: Sonia Montecinos, Francesca Lombardo y Radomiro Spotorno. Enrique nos sumergió durante un año en el estudio de los Cantos de Maldoror, del Conde de Lautremont, y su relación con el psicoanálisis freudiano, trabajo rico en revelaciones y creatividad en medio de un Santiago “prisión-prisionero”.
Recuerdo de Enrique Lihn su gran lucidez, su vasta cultura y su insaciable deseo de ir siempre en búsqueda de lo nuevo. Esta personalidad llevaba en sí una extraordinaria “insatisfacción productiva” que hacía de él un ser en permanente reflexión, análisis e indagación de los aspectos más profundos y esenciales de su propia existencia, de la colectiva y del llamado “yo psico-literario”.
En este encuentro, Enrique Lihn, a pesar de estar conciente de que su enfermedad era más fuerte que su digno combate por vivir, revela una notable juventud poética a través de su incansable curiosidad creativa. Han pasado quince años pero sus propósitos estéticos y su obra continúan asombrándonos con su vigencia.

St. Michel Sur Orge, Paris, diciembre de 2002

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MAURICIO REDOLES COMBO POÉTICO

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El irreverente cantautor, fiel vecino ilustre del barrio Yungay, ex militante comunista que aterrizó en Santiago a mediados de los ‘80 luego de un exilio de diez años en Inglaterra, mezcla rock, blues, cumbia y cueca con textos herederos de la antipoesía de Parra. Su trabajo increpa a un público devoto, otorgando a cada dicho y garabato del habla popular el peso y lugar preciso y desconcertante para reírse de todo; sobre todo, de sí mismo. Redolés es un combo poético, que incluye música, objetos y palabras que pueden dejarte knock-out.

Por Rosario Mena

Ni el presidio, la tortura, el destierro ni la ferocidad del neoliberalismo chileno; ni las penas familiares o emocionales han logrado restarle a Mauricio Redolés un ápice de la magia que inunda su existencia. El suyo es un universo ajeno a los dictámenes de la vida moderna, poblado de historias triviales y fantásticas, papeles recogidos en la calle y objetos venidos desde el futuro; habitado por el espíritu de grandes, como Carlos Pesoa Véliz, Carlos Droguett, Nicanor Parra, Juan Luis Martínez, Víctor Jara, Nemesio Antúnez (quien ilustró su libro “Tangos”) y Julio Zegers, quien gatilló en la adolescencia su impulso hacia el canto, a pesar de haber sido echado de todos los coros escolares “por desafinado”.

Ninguna conversación puede ser breve con el músico y poeta, sociólogo formado en Inglaterra y profesor universitario. Paradojalmente dulce y amable, el autor de sátiras musicales del calibre de “Quién mató a Gaete”

-objeto de análisis para filólogos, semiólogos y sociólogos- es un tipo que no entrega respuestas. Redolés transita siempre por la anécdota, que narra con lujo de detalles exigiendo detener los relojes y transportarse junto a él a su mundo paralelo, para desenvolver la emoción presente en cada una de sus experiencias creativas. Deja así que el oyente -en este caso, periodista- construya sus propias conclusiones.

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CLAUDIO BERTONI :”A VECES, CUANDO ESTOY BIEN, NO HAGO NADA”

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Bertoni volvió con “Harakiri”. Con más muerte y enfermedad que jovencitas buenamozas. El poeta de Concón se acerca a los sesenta con ensayos de Simone Weil en su velador y algo de monje en su actitud. Un monje nada casto, pero sano y que sólo toma vino por los radicales libres, porque si abusa, le viene la migraña.

 

Es feo decirlo, pero las cincuenta lucas no sorprenden. La intención de Bertoni al dar la cifra invertida para construir su vivienda en Concón encaja exacto con las cuentas que uno se hace al ojo. Era el año 80, cuando el poeta y fotógrafo construyó al lado de la casa de sus padres un sitio para estar solo. Hacía cuatro años que había retornado desde Londres. Llegó pese a que su madre le dijo que se quedara en Europa. Para muchos eran más bien tiempos de emigrar que de decidir fijar residencia en Chile, y si ya se estaba fuera ¿para qué volver? Pero Bertoni no hizo caso y explica la decisión argumentando que no se vino a Chile, “yo me vine a Concón, que no es lo mismo”.

Bertoni está a unos pasos de convertirse en personaje. Su nombre – como sucede en estos casos- suscita imágenes mezcladas con leyendas y datos automáticos. Basta invocarlo en frente del interlocutor correcto y saltan los hitos: vive solo, jugó pimpón con Henry Miller, fue parte de la Tribu No!, de fluxus, conoció a Cortázar, fue hippie cuando había que serlo y le gustan las jóvenes buenamozas (“o las minas ricas”). Es el Bertoni que habla divertido, que remata las frases con un garabato amigable, que duda mucho antes de afirmar algo tajantemente porque le gustan las precisiones, y precisar es un asunto complicado. Y es que la realidad es un tema que le duele, y como Bertoni es lúcido, la cosa peligra y se puede ir a negro. Ya le sucedió una vez y toca madera para que no le suceda de nuevo.

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TELLIER EL ÚLTIMO ROMÁNTICO

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– En el prólogo a Muertes y maravillas dices que la infancia está presente en tus poemas “porque es el tiempo más cercano a la muerte”. Pero esta infancia -aclaras- no es una infancia idealizada, exenta de males, es “una recreación de los sentidos para recibir limpiamente la admiración ante las maravillas del mundo”. Respecto a esto, lo que más me llama la atención es la frase final del párrafo: “nostalgia sí, pero del futuro, de lo que no nos ha pasado pero debiera pasarnos”. ¿Te refieres entonces a que tu recurrencia a la infancia más que una retrospección lírica es un intento por recuperar lo perdido, lo lárico?
Napoleón tiene una frase que es muy ofensiva para mí: “Los tontos piensan siempre en el pasado, los inteligentes en el presente y los locos en el futuro”. Yo vivo más en el pasado que en el presente. El presente y su contingencia no me interesan. En cambio lo que pasó se puede inventar, recrear. Es algo que está vivo en mí, quizá una no-superación anímica, inmadurez tal vez. Creo que en la fuente de todo poeta hay una inmersión en el pasado, que es, como tú dices, nostalgia de un futuro, de haber perdido un mundo que fue mejor, que no va a existir (soy pesimista por naturaleza), el mundo de la casa natal, de la protección, de la pureza primitiva, de los compañeros de juego que se han transformado en amigos bebedores.

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