MAURICIO REDOLES COMBO POÉTICO

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El irreverente cantautor, fiel vecino ilustre del barrio Yungay, ex militante comunista que aterrizó en Santiago a mediados de los ‘80 luego de un exilio de diez años en Inglaterra, mezcla rock, blues, cumbia y cueca con textos herederos de la antipoesía de Parra. Su trabajo increpa a un público devoto, otorgando a cada dicho y garabato del habla popular el peso y lugar preciso y desconcertante para reírse de todo; sobre todo, de sí mismo. Redolés es un combo poético, que incluye música, objetos y palabras que pueden dejarte knock-out.

Por Rosario Mena

Ni el presidio, la tortura, el destierro ni la ferocidad del neoliberalismo chileno; ni las penas familiares o emocionales han logrado restarle a Mauricio Redolés un ápice de la magia que inunda su existencia. El suyo es un universo ajeno a los dictámenes de la vida moderna, poblado de historias triviales y fantásticas, papeles recogidos en la calle y objetos venidos desde el futuro; habitado por el espíritu de grandes, como Carlos Pesoa Véliz, Carlos Droguett, Nicanor Parra, Juan Luis Martínez, Víctor Jara, Nemesio Antúnez (quien ilustró su libro “Tangos”) y Julio Zegers, quien gatilló en la adolescencia su impulso hacia el canto, a pesar de haber sido echado de todos los coros escolares “por desafinado”.

Ninguna conversación puede ser breve con el músico y poeta, sociólogo formado en Inglaterra y profesor universitario. Paradojalmente dulce y amable, el autor de sátiras musicales del calibre de “Quién mató a Gaete”

-objeto de análisis para filólogos, semiólogos y sociólogos- es un tipo que no entrega respuestas. Redolés transita siempre por la anécdota, que narra con lujo de detalles exigiendo detener los relojes y transportarse junto a él a su mundo paralelo, para desenvolver la emoción presente en cada una de sus experiencias creativas. Deja así que el oyente -en este caso, periodista- construya sus propias conclusiones.

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¿Te sientes heredero de la tradición de los poetas populares, cantores y payadores?
– Es una tradición que admiro y respeto. Con Manuel Sánchez, por ejemplo, he aprendido mucho, pero no tengo que ver con esa tradición. Soy una persona que trabaja con la música y la palabra, pero no con la improvisación, como ellos. Y también compartimos ese elemento de la crónica urbana, que tiene el payador urbano y la Lira Popular. Hay poemas míos que se relacionan más con eso.

Redolés y Parra

¿Es Parra tu referente fundamental en la poesía?
– Yo a Nicanor Parra lo he admirado y me he sentido identificado con él desde adolescente, cuando leí su poesía. Me siento muy emparentado con Carlos Pesoa Véliz. Creo que él inaugura un nuevo espacio en la poesía chilena. Es una lucecita que cruza el firmamento de la poesía chilena de principios del siglo XX, que era bastante solemne y cerrado, con la mirada del cronista sobre lo cotidiano, tanto lo urbano como lo rural. Para mí él es el padre de Nicanor Parra y de la antipoesía. Parra se preguntaba qué habría pasado si Carlos Pesoa Véliz no hubiera muerto tan joven y hubiera estado en la década del 50, ejerciendo su influencia. También me siento muy identificado con Violeta Parra y Víctor Jara.

Tú musicalizaste un poema de Nicanor en el disco Bello Barrio, el 87… ¿Lo conocías?
– No. Recién en el ´90, cuando hicieron el primer evento cultural en la Estación Mapocho, la Enart, Parra fue a recitar y yo lo vi saliendo y me acerqué. Fue un acercamiento completamente calcetinero. No sé cuántas veces he hecho algo así. Generalmente a esa gente que admiro la he conocido en ocasiones sociales… El asunto es que me acerco y le digo: “Don Nicanor, mi nombre es Mauricio Redolés, soy poeta y soy un gran admirador suyo”. Y él me dijo: “Ah, tú eres el que musicalizó Nada. Tienes que ir a mi casa para que musicalices mi poesía”. Yo ya había grabado tres poemas suyos en Londres: Sinfonía de Cuna, que después la hicieron los Chancho en Piedra; Canción y Catalina Parra, y ahí me pasó Hojas de Parra y musicalicé el Poeta de la Muerte, que lo grabé en el disco Bailables de Cueto Road, el ´98. También he musicalizado a Oscar Hahn, Hotel de las Nostalgias, que está en el disco Química de la Lucha de Clases, del ´91.

¿Fueron los poetas chilenos tu primera fuente creativa?
– Sí, yo soy hijo de un par de profesores de educación básica. Mi padre hacía algo que la gente adulta en esa época hacía mucho, que era declamar. Recitaba poemas de Rubén Darío, Víctor Domingo Silva. Mi mamá recitaba el Arcipreste de Hita, Calderón de la Barca. La poesía era algo natural para mí, estaba en mi casa y yo era un buen lector. Además vivía en un ambiente con mucha música popular, con mucha radio…

Deuda revolucionaria

¿Siempre en el barrio Yungay?
– Sí, o por ahí muy cerca. A los 18 años me fui a Valparaíso a estudiar.
– Ahí es donde te toman preso, te llevan a un campo de concentración y después partes al exilio… ¿Fue algo absurdo todo lo que pasó: terminar preso, torturado, exiliado? ¿En realidad creías que era ese tu destino?
– Yo en Santiago, en el Liceo Amunátegui, había pololeado con la jota. Después me alejé un poco porque encontraba que la militancia quitaba mucho tiempo y tenía muchos riesgos. Y yo era muy cobarde. Cuando llegué a estudiar leyes a Valparaíso, un compañero del Liceo me agarró y me metí de nuevo, y de ahí no me salí más hasta el ´90, que renuncié al Partido Comunista, porque era demasiado estalinista, y había mucha persecución interna. Yo tenía una hermana menor, de 15 años, que era súper militante. Y a mí me daba un poco de vergüenza no ser tan combativo como ella, me sentía en deuda con este proceso revolucionario, porque todos los días pasaban cosas y la gente te llamaba… Yo me metí y asumí los riegos. Pero a diferencia de lo que ha ocurrido con otra gente, mi separación del partido es como la de esos matrimonios que quedan “en buena”.

Quizás porque siempre te mantuviste cuestionando todo y te planteaste desde ti, no amarrándote a ningún modelo… como le pasó a la generación de la Nueva Canción Chilena, o del mismo Canto Nuevo, que se quedó un poco fuera de contexto con el cambio social y político de Chile.
No sé, lo que sí siento es que mucha gente, como la que tú señalas, se quedó con la mochila histórica que le puso el pueblo, los partidos. Ellos llevaron durante años el saco de ser reconocidos, de ser los amigos de Víctor Jara, y todo eso. Pero después las cosas cambian y es difícil transformarse. Ya están marcados.

A propósito de Víctor Jara ¿fue él una gran inspiración para cantar?
– A pesar de que nunca conversé con él, yo tengo una relación muy profunda con Víctor Jara. En Inglaterra fui amigo y toqué con sus hijas, que estaban allá exiliadas. Pero una vez me puse a pensar: ¿por qué canto? Y descubrí que por Julio Zegers. En los ´70 escuché Los Pasajeros y quedé loco, mucho más que con las canciones de Violeta Parra o Víctor Jara. Había algo en esa canción, y también en Canción a Magdalena, que me produjo lo mismo que cuando leí a Carlos Droguett, cuando tenía como 17 años, gracias al rector de mi colegio, que era una figura intelectual en la época. Un viejo muy chucheta, su estilo era tratarnos de conchas de su madre. Un día nos dijo: “Lean Patas de Perro, de Carlos Droguett”. Por supuesto nadie le hizo caso. En ese tiempo nadie le hacía caso a nadie. Pero yo lo leí. Y ahí sentí que lo mío era escribir. No necesariamente ser un escritor, sino escribir: andar con una libreta y tomar notas. (Saca su libretita y lee unos versos recién escritos). También anoto títulos de canciones, por ejemplo: “Atropéllame”. Tengo que hacer la canción todavía. Es que un amigo mío atropelló a una mujer y del juzgado se fueron a un motel…

¿Sientes que hay en la música chilena actual una especie de escuela con las que te identifiques, en el lenguaje y la forma de recrear la identidad popular?
– Para mí son fundamentales gente como Carlos Cabezas, Álvaro Henríquez, Gepe y otros que no son conocidos.


Y hablando de Henríquez, de Cabezas, ¿cómo es tu relación con ellos cuando vuelves del exilio en los ´80? Tú no te integras mucho con esta gente de la contracultura, formas parte del grupo más tradicionalmente ideológico, del Canto Nuevo. Es curioso, porque tú te ríes de eso, pero tampoco estás con los que rompen con este lenguaje “revolucionario”… ¿Te sentiste desadaptado?
– No, yo andaba con los Schwenke y Nilo, con gente más política, con Huara, también Fulano, Santiago del Nuevo Extremo. Estéticamente puede que yo estuviera más cerca de Fulano. Pero fui muy bien recibido por los Shwenke y Nilo, que fueron los primeros que me buscaron un espacio en el Café del Cerro para que yo mostrara mis temas.

Absurdos democráticos

Se habla mucho de ti como alguien que muestra todo el absurdo del proceso de la transición: la acomodación de los ideales al individualismo y el consumismo… Contrapones los lenguajes de los distintos chiles… Temas como Quién Mató a Gaete, que fue un hit el ´97, del disco del mismo nombre, se toman como objeto de análisis sociológico en ese sentido…

– Sí, hay algo de eso. Tengo una canción que se llama “Usanos USA”, y el coro dice: “me importa un huea la elección de la hueá”. La otra vez leí en una entrevista que Osvaldo Puccio decía: “Nosotros somos de una generación triste”. El tiene mi edad, igual que la Michelle Bachelet y Carlos Cabezas. Somos una generación que nos jodieron mucho. Más que las que vinieron después. Fuimos jóvenes de los ´70. Vimos todo y perdimos toda inocencia. Y toda fe. Entonces sabemos que todo lo que hacemos tiene una contrapartida. Yo trabajo con la contrapartida… Y uso el lenguaje popular porque ahí está toda la ideología del pueblo, en los dichos…


¿Cómo resumes los absurdos de la transición que cuestionas?

– Yo no cuestiono la transición. Sería como cuestionar la Cordillera de los Andes. Lo que yo no me trago es el discurso. Por ejemplo, encuentro súper valioso que el hijo de Tucapel Jiménez sea diputado. Es muy importante históricamente que llegue al parlamento el hijo de alguien que es un ícono de los mártires del pueblo: porque era colocolino, porque su mujer lo encomendaba a San Sebastián, porque era taxista, porque lo degollaron… Son hechos contundentes. El problema es la estupidez chilena de creer que los hechos históricos son actos de voluntad, de creer que uno puede terminar o iniciar algo por decisión. El absurdo de decretar que Bolivia no debe tener derecho al mar, cuando ellos durante miles de años tuvieron una salida al mar; o hacer una autopista que divide a un pueblo en dos mitades…

Y en cuanto a la cultura, has dicho que en democracia se hizo más difícil vivir como artista que antes… ¿Por qué afirmas eso? ¿Hay mucho ruido mediático, mucha alienación, falta de real voluntad política de apoyar la cultura? ¿Qué crees que es lo fundamental?
Yo creo que la sociedad chilena en su conjunto hasta el ´86 iba para un lado. Del ´86 en adelante todo cambió, por orden de USA, que vio que aquí había un peligro revolucionario que no se sabía en qué podía terminar. Habría que estudiar todo lo que hizo el Departamento de Estado norteamericano en ese año con respecto a Chile… Ahí empieza la desintegración del Partido Comunista… Y cambia toda la cultura chilena.

Actos poéticos

Hablemos del tema del barrio. Cuando llegas a Chile grabas el disco Bello Barrio, en el ´87. En el ´98 grabas Bailables de Cueto Road, que es la calle donde te crías y donde aún vives, en la misma casa… Después fabricas la Cajita del Bello Barrio, que trae tierra del barrio Yungay y espejos que contienen su luz, recogida en una esquina…
– El barrio está en extinción. Pero no tengo ninguna parada teórica al respecto. Simplemente le he cantado al lugar donde he vivido. A mi propia aldea…Además tuve la suerte de vivir en uno de los pocos barrios que quedan en Santiago… Eso es muy agradable. En la Nueva Novela Chilena, de Juan Luis Martínez, está la explicación del trabajo que me di con la cajita de Bello Barrio.

¿Conociste a Juan Luis Martínez?
– Yo tengo una especie de vergüenza de acercarme a la gente que admiro. Y también una especie de soberbia, como decir: “algún día ellos también sabrán quién soy yo”. Con Juan Luis Martínez ocurrió que coincidimos en un almuerzo. Nos presentaron y nos dimos la mano (su mano siempre envuelta en un guante blanco). Le regalé mi libro Tango, escrito en Inglaterra, ilustrado por Nemesio Antúnez, y se lo dediqué. Después alguien lo encontró en una librería de viejos y me lo mostró. La dedicatoria decía: “Con profunda admiración al poeta Juan Luis Martínez. Mauricio Redolés”. Lo que hice, igual como lo hacía Juan Luis Martínez, fue tachar su nombre en la dedicatoria y cambiarlo por el del chico que lo había comprado, que ni me acuerdo su nombre…

¿Cuál es el proyecto artístico que más te entusiasma ahora?
– Quiero hacer una exposición en la Biblioteca de Santiago con mi colección de papeles encontrados en la calles. Son 400 papeles catalogados. Si veo que hay un papelero que me llama, sigo el llamado y voy. Esto comenzó el ’87, cuando encontré un papel arrugado que resultó ser una carta escrita por un preso a su mujer, donde la amenazaba con suicidarse si no hablaba con el abogado. De ahí seguí recogiendo papeles en todas partes. Después me amplié a pedazos de madera y tela escritos. Cada papel tiene un sentido. La lectura total se la da la ciudad. A veces ni siquiera tienen letras, sino marcas, huellas.

Tu casa está llena de cachureos… Han salido en la tele últimamente casos de gente que tiene el llamado mal de Diógenes. Viven aislados y acumulan basura para suplir la soledad…
– Tengo 3 piezas llenas de cosas, capaz que tenga esa enfermedad. Pero estoy tan ensimismado que no lo sé. Ahora ya no recojo papeles, salvo que algo me llame mucho. Lo que estoy juntando son los objetos del futuro. Tengo un catastro: incluye cascos para soñar y un pedazo de una nave espacial, además del bastón de Wilma, un personaje que le falta una pierna, y que aparece en mi libro sin publicar, Bienvenidos a Ciudad Alta.

FUENTE: http://www.nuestro.cl/notas/perfiles/redoles1.htm

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