CLAUDIO BERTONI :”A VECES, CUANDO ESTOY BIEN, NO HAGO NADA”

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Bertoni volvió con “Harakiri”. Con más muerte y enfermedad que jovencitas buenamozas. El poeta de Concón se acerca a los sesenta con ensayos de Simone Weil en su velador y algo de monje en su actitud. Un monje nada casto, pero sano y que sólo toma vino por los radicales libres, porque si abusa, le viene la migraña.

 

Es feo decirlo, pero las cincuenta lucas no sorprenden. La intención de Bertoni al dar la cifra invertida para construir su vivienda en Concón encaja exacto con las cuentas que uno se hace al ojo. Era el año 80, cuando el poeta y fotógrafo construyó al lado de la casa de sus padres un sitio para estar solo. Hacía cuatro años que había retornado desde Londres. Llegó pese a que su madre le dijo que se quedara en Europa. Para muchos eran más bien tiempos de emigrar que de decidir fijar residencia en Chile, y si ya se estaba fuera ¿para qué volver? Pero Bertoni no hizo caso y explica la decisión argumentando que no se vino a Chile, “yo me vine a Concón, que no es lo mismo”.

Bertoni está a unos pasos de convertirse en personaje. Su nombre – como sucede en estos casos- suscita imágenes mezcladas con leyendas y datos automáticos. Basta invocarlo en frente del interlocutor correcto y saltan los hitos: vive solo, jugó pimpón con Henry Miller, fue parte de la Tribu No!, de fluxus, conoció a Cortázar, fue hippie cuando había que serlo y le gustan las jóvenes buenamozas (“o las minas ricas”). Es el Bertoni que habla divertido, que remata las frases con un garabato amigable, que duda mucho antes de afirmar algo tajantemente porque le gustan las precisiones, y precisar es un asunto complicado. Y es que la realidad es un tema que le duele, y como Bertoni es lúcido, la cosa peligra y se puede ir a negro. Ya le sucedió una vez y toca madera para que no le suceda de nuevo.


El fantasma de Fonasa

Bertoni usa el humor. Es su herramienta. Así diluye lo jodida que es la realidad “el humor da flexibilidad”. De hecho, cuando hace seis años estuvo muy enfermo – un asunto del que no quiere hablar, pero que le marcó a fuego la sigla Fonasa- parte de sus dolencias se las atribuye a un estado de lucidez más allá de lo normal. Harakiri es de alguna manera tributario de ese episodio. Es su último libro, en el que la enfermedad, Dios y la muerte tienen un lugar de privilegio.

 

– En “Harakiri” haces constante referencia a dos mujeres bastante especiales: Susan Sontag y Simone Weil, ¿por qué?

“Hay algo curioso ahí. Creo que la primera vez que escuché mentar a la Simone Weil fue en el ensayo de la Susan Sontag Contra la interpretación. Después la vi en Diario Argentino de Gombrowicz. Obviamente, me gustó el ensayo, pero más la persona que traslucía. Los dos primeros libros de ella los encontré en una librería de viejo en Tajamar. Allí la descubrí. De hecho, ahora es mucho más importante para mí la Simone Weil que la Susan Sontag. Es una persona de una inteligencia increíble, de una sensibilidad fuera de serie, es una mística. Es una franco-judía que tuvo una conversión, y a mí siempre me han llamado la atención las conversiones. Simone de judía se transforma en cristiana, aunque nunca quiso ser católica. En un libro lindísimo que se llama Cartas religiosas explica los puntos que la hacen rechazar el bautizo formal, y ella lo hace con su inteligencia, que es como un bisturí”.

 

– Y tú ¿fuiste católico en algún momento?
“Claro, estuve doce años en el Liceo Alemán…”

 

– Pero eso no significa mucho….
“Olvídate, no había ningún pendejo que no fuera católico. De todos mis compañeros, el 99 por ciento siguieron en eso. Sólo algunos otros compañeros y yo a eso de los 14 o 15 años nos pusimos a pensar y nos pusimos comecuras, socialmente revolucionarios, comunistas y todo eso. Para mí se acabó eso de que Jesús sea el hijo de Dios y padre de todo este universo. Hay un texto de Simone Weil que yo puse como poema en Harakiri, en el que ella enumera los horrores psicológicos y fisiológicos del que nosotros somos la hipotética presa todo el tiempo, y se pregunta por qué venir a dar a esta vida, esta huevada horrenda de dolor, y concluye que todo esto es el amor a Dios, y ese es un Dios que me hace sentido. Meister Eckhart lo dice súper clarito, más clarito, pero más corto: todo lo que hay es de él. Porque es un ser absolutamente ininteligible. La Simone Weil dice que la razón sirve para barrer un poco. Por eso yo no creo en la teología…”

 

– ¿Siempre hubo este Bertoni místico?
“Es que yo no sé lo que significa ‘místico’. He leído tanto acerca de eso y es tantas cosas a la vez. Hay palabras en las que cabe todo. La gente dice misticismo y piensa en los curas…”

 

– ¿Y en qué piensas tú cuando dices místico?

“En la Simone Weil, en San Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, en el monje tibetano Milarepa y en los sufíes, ponte tú. En eso pienso y sobre todo en Meister Eckhart. El misticismo es la experiencia de Dios, y bueno, eso de “la experiencia de Dios” da para cualquier cosa”.

 

– ¿Cuándo comenzó la inquietud religiosa?
“Me acuerdo en el colegio. Teníamos de profesor de religión a un cura de mierda. Un gallo realmente desagradable. No era una mala persona, pero era un tipo poquísimamente inspirado. A pesar de él recuerdo haber salido de muchas clases de religión realmente intrigado, con una sensación -no digamos agradable- sino que no normal. Pero con lo que más puedo relacionar el misticismo es a una cosa más concreta. Caundo volví de Europa me acuerdo que compré La vida silenciosa de Thomas Merton. Son las reglas de la vida en un convento cisterciense. La vida sistemática de un solitario, un solitario acompañado. Para mis amigos podría haber sido un libro acerca de un cura latoso no haciendo nada. Ese libro me hizo bien. Por primera vez empecé a pensar más sistemáticamente la cosa de estar más solo”.

El vacío y el vientre

 

– Cuesta calzar la historia más o menos conocida de Bertoni que a tantos les gusta: beatnik, Miller, jazz y chicas lindas con sensibilidad religiosa.
“Bueno, Pancho Rivera, una de las personas de ese grupo de los 60, ahora es evangélico y tiene una tremenda iglesia en Vitacura. A él no lo veo hace mucho tiempo, y sería muy difícil hablar con él porque no es mi Dios el Dios de él. Pero a nosotros nos gustó mucho San Juan de la Cruz y Teresa de Ávila. El misticismo de San Juan es muy oriental, los orientales que viven en Occidente siempre encuentran analogía entre su misticismo, el de San Juan de la Cruz y el de Meister Eckardt. Aquí siempre meditan la Pasión de Cristo, las llagas y toda la huevada, en cambio la meditación de San Juan es NADA. Ellos creen en el vacío, que no es lo mismo que para nosotros. Para nosotros la nada es sartreana, es la náusea. Para ellos es otra cosa. Una vez escuché a Francisco Varela decir que la palabra principal del budismo es Sunyatá que es el vacío, y esa vez Varela dijo que el Sunyatá en sánscrito es el vientre. Lo que hace un sentido enorme. El vientre combado hermoso de una mujer es un vacío, pero es un vientre. Es un vacío pleno. Yo a Varela le creo, y le creo mucho”.

 

– ¿Qué estás leyendo ahora?
“Narrativa no leo hace mucho tiempo. Leí unas cosas de Bolaño para darme cuenta si era tan bueno como decían y encontré que sí. Si vemos ahora los libros que tengo al lado de la cama, claro que hay poesía, pero hay un libro de Simone Weil, hay un diccionario religioso, y ensayos de Cioran, que estaba muy interesado con las religiones. Él había caído en trance con los santos, los increpa eso sí, los insulta… bueno, no tanto”.

 

– ¿Eres tú quien menos ha cambiado desde los 60, el más hippie de todos?
“Es que esa palabra es fregada. Nunca me he considerado un hippie. Ése fue un tiempo bonito, pasaron cosas buenas y malas… Lo que pasa es que yo me he manejado de alguna manera para tener todo el tiempo para mí. Me despierto, voy, vuelvo, camino, miro para fuera. Tengo todo el tiempo para mí y ése es un regalo que no te puedes imaginar. A veces, cuando estoy bien, no hago nada. Pero hay que estar sano”.

 

– Pero sin embargo, en “Harakiri” parece que te pesa mucho lo cotidiano…
“Es que el ‘pero’ es la enfermedad. Yo tuve un ‘asunto’ el año 98 de lo que no voy a hablar porque si lo hablo, lo traigo. Estuve con psiquiatra y con una pila de pastillas cuando lo más heavy que tomaba era una aspirina. Fue duro. Yo había creado un nido y ese nido se había llenado de fantasmas. Era invivible. Por eso yo admiro a los estoicos y a los cínicos para los que el sacramento -ellos no usaban esa palabra huevona por supuesto- es la autarquía, depender de mí mismo. Y en el momento en que yo cago, termino donde mi hermana y donde padre. Me gustaría ser un Diógenes, que si cago, cago solo. Yo hablo de Fonasa en el libro, porque para mí eso es un asunto importante. Por eso digo que un país civilizado es un país que tiene medicina asegurada. En un país civilizado no se tragan la plata que tengo, no se tragan la plata de mi familia, pero eso no es la realidad”.

– Eso que te pasó y de lo que no quieres hablar lo asimilas al cáncer en “Harakiri”.
“El cáncer es una metáfora de los males. El cáncer es una bolita de dulce comparado con lo que me pasó”.

– ¿Por eso aparece la Sontag en tu libro?
“Claro, porque en La enfermedad como metáfora la tesis de ella es contraria a la tesis de muchos que dicen que uno ‘se hace’ el cáncer. Sontag dice medio irónica que no solamente te dicen que tienes cáncer, sino que tú mismo te lo fabricaste, mira que son huevones. Te quedaste solo, estás sufriendo, quieres tener hijos y no puedes y encima te haces un cáncer. Son chivas, o al menos la tesis de Sontag es que son chivas. Yo uso el cáncer sobre todo para metáfora. Porque la variedad de enfermedades y horrores que te pueden venir es muy grande. Basta agarrar un libro de medicina para darse cuenta”.

 

– Hay dos poemas tuyos que son como dos polos. Uno muy corto dice “Despierto/abro mis dos heridas” y el otro que se llama “Sin embargo”, y empieza con “es tan rico estar vivo/tan maravillosamente delicioso…”.

“Hay un poema lindísimo de un autor de haikú, Kobayashi Issa, que dice “Este mundo de rocío/Podrá ser de rocío/Sin embargo, sin embargo”. Él es budista y dice que toda nuestra vida secular es un ‘sin embargo’ que son desde los malos ratos pequeñísimos hasta los enormes como la pérdida de un hijo. La vida cotidiana es eso. La enfermedad es lo que te liquida”.

 

– En una crítica a tu obra se decía lo difícil que es inscribirte en una tradición…
“Si yo me pusiera a pensar y analizar lo que hago… Está el budismo Zen, los románticos alemanes, Diógenes de Sinope, los estoicos, Montaigne, los taoístas. Marguerite Yourcenar decía que el más hermoso taoísta que había en Occidente era Montaigne, yo no sabía eso. El libro de los libros para mí es el Tao Te Ching, creo que es el libro más sabio que he leído en mi vida, y si yo tuviera hijos haría que lo leyeran. Creo ser más dionisíaco que apolíneo, pero sólo lo noto cuando me pongo a pensar en eso. Nunca me he planteado a priori ningún asunto. Ahora que tengo casi sesenta años me doy cuenta cómo funciono, y he funcionado intuitivamente respecto de todo. Escribo porque lo necesito. Si me pasa algo, veo una mujer hermosa, voy y lo escribo. Sueño con ella y lo escribo, sueño que mi mamá se murió y lo escribo: Me deshago de las agresiones de la vida escribiendo: no tengo el problema de la hoja en blanco porque siempre me acerco a una hoja para decir algo. La realidad te hiere de alguna manera, y entonces mi manera de defenderme de eso fue escribir y hacer fotos”.

Los perdedores

 

– ¿Tienes alguna frustración?
Mi frustración es la música, es lo más intenso. Si yo tuviera que decirle a un marciano qué es lo más increíble que hay en la Tierra, el golpe más fuerte, la composicion más indestructible, le diría que la música. Más que la poesía, más que todo esto junto. Cioran señala ‘Dios me dice cometiste el oprobio de no ser músico’, para mí es más cabrón porque no es que yo fuese un melómano sin talento, yo fui músico”.

 

– Te gusta mucho la ética del ‘loser’, del perdedor o te sientes bien ahí…
“Es que no es que me guste. Es una cuestión que tiene que ver con la realidad. Yo miro la realidad y si tuviera que hacer una lista de las personas más relevantes en la historia de la humanidad el 99 por ciento serían perdedores. Sin ninguna duda, para mí los loser, sin la mínima duda, son los absolutos winner. Un montón de giles que han arado la tierra, que han sufrido como animales y nadie sabe de ellos y que son unas bellísimas personas. Esos huevones no están en la tele, ni en ninguna parte. Y si aparecen ahora, como Van Gogh, es porque se había muerto hace no sé cuánto y sus cuadros lo usaban para tapar un gallinero”.

<!–[if gte mso 9]> Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 <![endif]–><!–[if gte mso 9]> <![endif]–> FURNTE: http://www.letras.s5.com/cb050704.htm

 

 

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1 comentario

  1. Sha, cómo te encuentro así padrino?
    Buscando a Bertoni en “gugul”
    jajajajaja.
    Mira, compartimos más de lo que sabemos por eso de la incomunicación.
    Saludos.
    Tengo el manso libro del loco.
    Regalo de Navidad.


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